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Las tensiones del 2012 PDF Imprimir E-mail
Viernes, 13 de Enero de 2012 17:23

Cristobal-BellolioEn lo político, estará marcado por dos tensiones. La primera enfrenta las agendas del gobierno y la oposición. La segunda profundiza la demanda por renovación de las elites ante la obstinación de los viejos cuadros por pasar a retiro.

 

 

Por Cristóbal Bellolio, Abogado y Cientista Político. (columna escrita para el Observatorio de Género y Equidad, Boletín Enero 2012)

El Presidente Piñera entiende que las reformas políticas y tributarias ya no son una aspiración circunscrita a unos pocos grupos organizados. Era cierto, hasta hace algunos años, que la preocupación por reemplazar el sistema binominal se limitaba a una porción menor de la ciudadanía –aquella parte más informada y politizada, en el buen sentido del término.

Hoy los sondeos de opinión revelan que la mayoría de las y los chilenos considera que se trata de un modelo electoral injusto, que reproduce un duopolio de escasa representatividad y asegura empates, minando el sentido de la competencia. No es, por supuesto, la única reforma política. Limitar la reelección indefinida, transparentar el financiamiento de las campañas, aumentar los niveles de participación femenina y modificar la ley de partidos para generar democracia interna, y bajar barreras de entrada a otros actores, son todas cuestiones de alta relevancia. Sin embargo, el binominal parece ser la madre de las batallas en este ámbito. El problema es que el oficialismo no lo entiende así. Los presidentes de la UDI y RN han anticipado que esta es una cuestión secundaria en su agenda 2012. Lo mismo respecto de la idea de modificar la estructura tributaria chilena. Subir los impuestos a las empresas es otra demanda instalada por el movimiento social chileno durante el 2011, con la finalidad específica de inyectar recursos al sistema universitario. Aunque el Presidente se ha mostrado abierto a discutir un cambio tributario, difícilmente contará con el entusiasmo de su propia coalición en este proceso. Para ellos, la prioridad debe estar en seguridad ciudadana –lo que parece razonable dados los magros índices del sector que prometió que a los delincuentes se les acabaría la fiesta-, reforma educacional –aunque en este caso ni siquiera haya coincidencia respecto de la dirección de los cambios- y control de la crisis económica internacional –con el fin de transmitir la señal de responsabilidad fiscal y moderar las demandas del movimiento social, tal como hizo el último gobierno de la Concertación.

La segunda tensión fundamental tomará forma durante el segundo semestre, gatillada por las elecciones municipales. A estas alturas, es evidente que la demanda por nuevos liderazgos dejó de ser subterránea. Los personajes de la transición son cada vez más resistidos. Salvo en el caso de Bachelet, los personajes mejor evaluados son justamente independientes como Andrés Velasco y Laurence Golborne. Marco Enríquez sigue en una posición expectante. El movimiento estudiantil puso en el escenario dos o tres nombres de relevancia nacional y amplia aprobación ciudadana, a lo que se suman nuevos movimientos que pujan por su espacio en el espectro político. Lo interesante es que las próximas municipales incorporarán al universo electoral casi 5 millones de potenciales votantes, los que a su vez, no tendrán una oferta novedosa en la gran mayoría de los casos. El aumento sustantivo del padrón podría producir un terremoto político en otras condiciones, pero en las actuales podemos anticipar que los cambios serán marginales. Los partidos deberán hacerse cargo de esa diferencia de expectativas, y su capacidad de procesarla exitosamente determinará su suerte en el corto y mediano plazo. Si las estructuras tradicionales no se renuevan satisfactoriamente, la tensión se hará más notoria y la aspiración por desechar dichas instituciones crecerá invariablemente. La noticia del regreso de Bachelet no es una contribución en este sentido, única y exclusivamente porque sabemos que con ella regresa la vieja Concertación, un nuevo bonus track para que el ciclo político se la transición –con sus mismos símbolos, figuras y clivajes- se siga estirando como un chicle.


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